Introducción a la gestión del patrimonio arqueológico

El proceso al que se somete un objeto arqueológico desde que es hallado en su yacimiento hasta que es expuesto en las vitrinas de un museo es largo y complejo, pues consta de una serie de fases meticulosamente planificadas y basadas principalmente en el respeto hacia un bien legado a la sociedad. Es nuestro patrimonio y tenemos la obligación de cuidarlo para que no se pierda con el paso del tiempo y, en consecuencia, pueda aportar la información necesaria para las posteriores investigaciones acerca de la época de la que procede.

En una excavación de un yacimiento arqueológico, ya sea terrestre o subacuático, es necesario aplicar una metodología muy precisa y una técnica de extracción de los objetos muy depurada. La arqueología de campo incluye dos aspectos: la prospección y la excavación. Una vez detectado un yacimiento y tomada la decisión de excavarlo, el arqueólogo debe trabajar y documentar la excavación con rigor y fidelidad, con la finalidad de obtener una secuencia estratigráfica completa, capaz de informar sobre los límites cronológicos del yacimiento y sobre aspectos culturales del mismo.

La excavación y extracción de una pieza arqueológica supone un riesgo para su integridad, ya que además de haber podido sufrir cambios a lo largo del tiempo como deformaciones, alteración del color o de la textura, transformación del objeto, roturas, grietas, pérdidas del soporte, etc., se interrumpe de forma abrupta la convivencia con el medio de sepultura en el que fue encontrada, tanto si estaba enterrada como al aire, haciéndose necesario un proceso de adaptación al nuevo medio.

A la vista de lo anterior, cualquier intervención debe ser estudiada de forma exhaustiva antes de su ejecución. El conocimiento del tipo de material constitutivo del bien, de su proceso de fabricación y de las características de su yacimiento, entre otras cuestiones, es primordial para seleccionar correctamente el tratamiento de extracción, consolidación, conservación o restauración.

Los tratamientos ejecutados a las piezas arqueológicas deben enfocarse en el mantenimiento de su integridad física, en su comprensión estética e histórica y en la preservación de su valor documental. También deberán eliminarse las causas de alteración para luego posibilitar su lectura como documento, evitando futuros deterioros.

Desde el ámbito de la conservación-restauración, la intervención directa sobre los bienes y sobre su entorno se concentra en el examen, el diagnóstico, la conservación preventiva, la conservación curativa y la restauración; tratamientos y procesos acompañados todos ellos de una documentación exhaustiva que debe obedecer una serie de criterios de intervención: respeto hacia la obra original, materiales utilizados compatibles y estables, reversibilidad de los métodos, técnicas y materiales elegidos y legibilidad.